Un leproso vino rogando a Jesús, y arrodillándose, le dijo: «Si quieres, puedes limpiarme». Movido a compasión, extendiendo Jesús la mano, lo tocó y le dijo: «Quiero; sé limpio». (Marcos 1:40-41)
Al leer Marcos 1, una frase acerca de Jesús que me llama la atención se encuentra en v. 42, “movido a compasión.” Jesús fue movido a compasión. En el contexto, fue movido a compasión para un leproso. Un hombre quien, según la ley de Moisés, era inmundo; nadie debería haberlo tocado. Sin embargo, por compasión, Jesús lo tocó, y lo sanó.
El leproso en esta historia fue inmundo, y cada uno de nosotros somos inmundos por nuestros pecados (Romanos 3:10). Necesitamos la compasión de Jesús. Él es nuestra única esperanza. Gracias por el hecho de que Jesús es compasivo. Sin embargo, Su compasión no es suficiente.
Si yo viera a un leproso, yo podría ser movido a compasión y quizás podría ayudarlo. Pero, estoy seguro de que yo no pueda sanarlo – para nada. Compasión es buena, pero no es suficiente.
No sólo necesitamos a un Salvador que es movido a compasión, sino necesitamos a un Salvador que es capaz de sanarnos. Hablando espiritualmente, no es que tengamos una enfermedad sino que estamos muertos en nuestros pecados (Efesios 2:1).
Al leer Marcos 1, es obvio que Jesús tiene toda la autoridad sobre el hombre, los demonios, y las enfermedades. Y más, al leer Marcos 2, es obvio que Jesús tiene toda la autoridad para perdonar pecados.
Nuestra condición espiritual es peor que la enfermedad física del leproso. Le agradecemos a Jesús por ser movido a compasión y por ser capaz de sanarnos de nuestros pecados.